Tomás Mejía, el muerto en casa

La era liberal - Hechos

Alejandro Rosas

La columna emprendió la marcha hacia el Cerro de las Campanas; las ruedas de los carruajes resonaban en las solitarias calles queretanas. Faltaban algunos minutos para las 7 de la mañana del 19 de junio de 1867. Detrás caminaba un grupo de hombres cargando a cuestas tres ataúdes y tres cruces negras.

Una mujer con un niño en brazos -de tan sólo unos días de nacido-, intentó por todos los medios posibles acercarse a uno de los prisioneros. Pocos sabían que era Agustina Rodríguez, la mujer del general indio Tomás Mejía que intentaba ver a su marido por última vez. Las bayonetas de la guardia y el movimiento de los carruajes lo impidieron propiciando que Agustina rodara por los suelos con todo y criatura.

A pesar de la dramática escena Mejía se mantuvo impasible; estaba listo para entregar su alma al Creador y sus asuntos terrenales estaban concluidos. Frente al pelotón el general de mil batallas, veterano de la guerra contra Estados Unidos, amo de la Sierra Gorda, señor de las caballerías del ejército imperial y fervoroso católico se comportó con dignidad. Su muerte fue estoica.

Próximo a recibir las balas de la república, Mejía fue el único que no expresó palabra alguna. En su austera vida no había lugar para las actuaciones, las frases patrióticas o el discurso sensiblero. Quizá ni siquiera escuchó las palabras que le expresó Maximiliano: “General, lo que no se premia en la tierra, lo premia Dios en la gloria”. Simplemente se paró firme, frente a los fusiles, con su mano retiró el crucifijo que colgaba en su pecho y recibió la descarga. “Virgen santísima” fue lo único que alcanzó a musitar.

El doctor Manuel Calvillo se acercó al cadáver para dar fe de su muerte pero escuchó que su corazón latía apresuradamente. El oficial a cargo de la ejecución ordenó a uno de los soldados que le diera el tiro de gracia y la bala atravesó el corazón de Mejía.

La viuda solicitó autorización para llevar el cadáver a México, pero como no tenía –literalmente- “ni en qué caerse muerta”, aprovechó el excelente embalsamamiento de su difunto marido y lo sentó en la sala de su casa, en la vieja calle de Guerrero, durante tres meses. La escena no podía ser más terrible. Con sus manos cubiertas con guantes blancos y de traje oscuro, el cadáver parece descansar sentado sobre una silla. Conmovido por la triste situación, el presidente Benito Juárez intervino proporcionando a la viuda los recursos necesarios para el entierro. El panteón de San Fernando –el más clásico de los cementerios del siglo XIX- abrió sus puertas para recibir a Tomás Mejía, donde sus restos descansan hasta el día de hoy.