Juguetón navideño

El Porfiriato - Vida Cotidiana

Alejandro Rosas

En su edición del 29 de diciembre de 1907, un editorial de El Mundo Ilustrado señalaba: “El juguete es al niño lo que son al hombre el libro o la vida. El juguete es placer, pero es también enseñanza. Vistiendo muñecas, alineando soldaditos, haciendo funcionar máquinas de cuerda, bailando trompos, lanzando pelotas, cabalgando en carrizos, cocinando en trastecitos de barro, niños y niñas se inician en la vida, descifran el alfabeto del trabajo, adquieren aptitudes útiles y se preparan, entre parloteos infantiles y gorjeando como las aves, a afrontar las peripecias de la tremenda lucha y a desafiar y dominar las eventualidades de la existencia real”.

            Con estas palabras el editorialista se sumaba a la cruzada juguetera desarrollada en la ciudad de México durante la época decembrina. Las “buenas conciencias” de la sociedad porfirista -que gozaban de todos los privilegios y eran dispendiosas y banales- debieron sentir que la conciencia les remordía al ver que los pobres eran cada vez más pobres y difícilmente pasarían la temporada navideña con alegría.

De esa forma, varios periódicos capitalinos –El Tiempo, The Mexican Daily Record, El Popular y El Imparcial- apoyaron la iniciativa de reunir juguetes para los niños pobres. Y para hacer más vistoso y alegre el evento, levantaron un enorme árbol navideño en las instalaciones de El Tiempo ubicado en la 1ª. Calle de Mesones, el cual fue adornado con flores, focos de colores y cientos de pequeños juguetes que pendían de las ramas para que los niños pobres “esos pequeños seres que se asoman apenas a la vida y ya conocen dolores, privaciones y miserias” pasaran una feliz Navidad.

     Según señalan las crónicas de la época: “Desde las nueve de la mañana una verdadera turba infantil se aglomeró ante las puertas de El Tiempo. Causaban una honda impresión aquellos niños pálidos, andrajosos, que se quedaban estáticos ante el juguete que se depositaba en sus manitas enflaquecidas; ante la soberbia muñeca de bucles dorados o el polichinela lleno de cascabeles que sólo habían acariciado en sueños y que entonces veían realmente. Muchos de ellos oprimían el juguete contra su pecho y salían corriendo como temerosos de que la ilusión se desvaneciera o de que aquel objeto siempre anhelado se les escapara.  Se repartieron 7,500 boletos, y cada uno de ellos proporcionó a un niño un momento de loca alegría; cada uno de ellos llevó a las caritas melancólicas una sonrisa, cada uno de ellos estremeció de ternura y de felicidad el corazón de una madre desvalida y miserable”.

     La distribución de juguetes fue un verdadero éxito y al menos por un momento, en medio del consumismo porfirista que se materializaba en el Palacio de Hierro, El Puerto de Liverpool o el Puerto de Veracruz –principales tiendas comerciales-, los niños pobres tuvieron un momento para sonreír y soñar con un mejor porvenir.